Hoy el día comenzó más temprano que nunca, a eso de las 4:45 de la mañana para llegar sin problemas a South Station, una de las dos estaciones de bus que hay en Boston. Está localizada en la línea roja, y tiene algo así como 40 puertas para distintos destinos. Desayunamos en Donkin Doughtnuts y a las 6:15 (no 6:30, primer rasgo de falta de seriedad de la compañía) y estabamos embarcando, al grito de “Fung Wah Bus Fung Wah” de una señora china de no más de metro cincuenta que repetía la misma ofrenda una y otra vez con ansias de vender más tickets. El conductor, que por poco más no le llegaba a los pedales del bus, contó el número de personas que había en el bus, se sentó, y sin previo aviso salimos de la estación a las 6:17 (los chinos hacen todo a cien por hora, no tengo ni idea de por qué). Durante el trayecto, me replanteé si mi vida valía solamente 15$ a medida que veía al conductor bostezar y como la línea descontinua de la carretera se iba poco a poco convirtiendo en continua. Nunca pensé que un bus podría correr tanto, no había coche al que no adelantásemos y el conductor trazaba multitud de “S”’s para quitarse al tráfico del camino. Hicimos una “tenminitstop tenminitstop” como nos gritaron, y después llegamos a New York en un total de 3:30h, un trayecto que se estima hacer en 4:30h.
El pasar por el Bronx para entrar en NYC en bus nos dio una agradable bienvenida a la ciudad. Es un suburbio bastante antiguo, afroamericano casi en su totalidad, y que cumple todo lo que uno puede esperar de los estereotipos vistos en las películas. Está situado al norte de Manhattan y es, junto a Harlem, uno de los lugares más conflictivos de NYC, aunque está perdiendo este status en los últimos años. El autocar nos dejó directamente en Chinatown, más o menos en el medio de Manhattan y a cinco minutos andando de la estacion de metro, algo bastante deseable cuando se llega a una ciudad que se desconoce. Desde ahí empezamos nuestro viaje a NYC:
Chinatown, como en cualquier otra gran ciudad, es un suburbio de gran actividad comercial, donde las calles están abarrotadas de gente comprando y vendiendo en tenderetes comida, ropa y demás mercancía que, aunque de baja calidad la mayoría de las veces, es barata. El olor no es muy agradable, y los edificios están abarrotados de carteles que anuncian comercios y otros negocios, dando sensación de gran bullicio: se oyen voces por todas partes, es dificil encontrar algo escrito en inglés y se puede sentir la simultaneidad de actividad de miles de personas en un espacio que, aunque sea amplio, se hace pequeño ante tanto movimiento.
Seguido, me dirijí a la estación de metro Canal St., realizando así nuestro primer contacto con el transporte público. Para los visitantes de NYC durante un fin de semana, es recomendable comprar el 1 Day Fun-Pass, que ofrece viajes ilimitados durante un día por el precio de 7$. Dado que NYC es una ciudad enorme, es de esperar un buen sistema de transportes, aunque en realidad, a veces es una auténtica bala y otras ni siquiera funciona. En general, el transporte público que utilicé en NYC (metro y bus) no me decepcionó dada la complejidad de la urbe; al principio puede resultar complejo que tanto las calles (horizontales) como las avenidas (verticales) carezcan de nombres y se llamen todas por números (crecientes de sur a norte y de este a oeste) pero al fin y al cabo no es tan mal sistema, y resulta increíble la precision de los neoyorkinos a la hora de dar direcciones (”120th St. con 3rd Ave., por ejemplo).
A dos bloques de la estación de metro 96 St. se encuentra el hotel donde iba a dormir esa misma noche. Al llegar allí me comentaron que el “check-in” solo se podía hacer a partir de las tres de la tarde, aunque podía dejar mi mochila allí hasta entonces: así hice, aunque llevándome conmigo la cartera, el pasaporte, el móvil y la cámara.
De vuelta al metro, solo podía empezar por un sitio para encontrarme de repente con todo el carácter de la ciudad: Times Square. Tras salir de la estación con el mismo nombre que la famosa intersección de Manhattan, te encuentras con miles de personas andando apresuradamente con un fondo de luces de neón y pantallas gigantes anunciando productos varios. La actividad no cesa nunca, la gente no se para en la calle y de hacerlo, eres empujado en segundos por alguien que iba detrás tuya y quiere continuar su itinerario. La gente organiza verdaderas carreteras para andar según su dirección, y en los pasos de cebra se acumulan decenas de personas que se convierten en una verdadera avalancha cuando se les cede el paso (cosa que en New York ocurre cuando el tráfico ofrece una pausa y nunca esperando a que el semáforo se ponga en verde). Globalmente, Times Square refleja ese estereotipo neoyorkino en donde no hay sitio donde descansar, donde la ciudad refleja su velocidad y energía, donde la actividad no cesa y cada uno de los peatones es diferente; la banda sonora, miles de conversaciones simultaneas, sirenas de ambulancias y bomberos y los continuos pitidos de taxistas y otros conductores enfadados entre sí.
Desde Times Square se puede llegar andando en cinco minutos al Rockefeller Center, un complejo de 22 hectáreas privado donde destaca la Rockefeller Plaza, conjunción de jardines, comercios y la famosa estatua dorada de Prometheus y Atlas. Al contrario de lo anteriormente comentado, en Rockefeller se respira un ambiente abarrotado aunque mucho más turista, ya que el neoyorkino de todos los días no tiene porque pasar por Rockefeller para nada, aunque sí sea una visita obligada para el forastero. En invierno el panorama cambia drásticamente, ya que la plaza se suele llenar de agua y con el frío, congelarse, llenándose así de gente que va a patinar sobre hielo en la típica escena navideña que muchas veces vimos en las películas. Rockefeller tiene un observatorio público, aunque recomiendo gastar el dinero de la entrada subiendo al Empire State y no a este.
Cerca de Rockefeller Center se halla Radio City, un teatro ubicado en el Rockefeller Center en la ciudad de Nueva York. Es conocido como el teatro más importante de los Estados Unidos, abrió sus puertas el 27 de diciembre de 1932 y en su escenario se presenta todos los años el “Radio City Christmas Spectacular” desde 1933.
Desde aquí se llega a pie también en cinco minutos a la 5ª Avenida, intersección famosa por la cantidad de tiendas que contiene. Junto a Times Square, es otra de las zonas de mayor actividad de la ciudad, y es la que consta de los escaparates más vanidosos y espectaculares. Suelen decir que si se va de compras por New York, no hay sitio como la 5ª Avenida. Personalmente, no le encontré mayor interés, aunque sí a la
St. Patrick’s Church, catedral neogótica que se encuentra en esta misma avenida. Me gustó bastante la fachada frontal, y me recordó a Boston la sensación de aquello aquello antiguo insertado en medio del caos de la ciudad moderna; sus interiores son bastante bonitos, y para aquellos a los que les guste la arquitectura de los lugares de culto (como es mi caso) en mi opinión ésta es la mejor opción que hay en New York.
Tras visitar la catedral de San Patricio, me dirigí al Chrysler Building que, aunque es un edificio privado lleno de aburridas oficinas, es el rascacielos con la decoración más importante de toda la ciudad: la parte de arriba es una macroestructura metalizada llena de motivos automovilísticos, y las propias gárgolas tienen forma de capós de coche. Es un edificio que más que destacar de día, lo hace de noche (y si es desde el Empire State, mejor) por su iluminación en forma de pequeños triangulos. Es un elemento muy característico del skyline neoyorkino.
Seguidamente utilicé el metro para ir a Lower Manhattan, concretamente para visitar al sureste la sede de las Naciones Unidas. Si muchas veces la gente comenta que visitando New York les ha parecido haber estado antes allí por culpa del numeroso cine rodado en esta ciudad, la sede de las Naciones Unidas es un ejemplo claro. Diría que son docenas las películas que ofrecen un plano del lugar a la vez que muestran debajo (con una tipografía de consola, apareciendo letra por letra y con un ruido computerizado) “United Nations, New York”. Lo siento, ida de olla. Es un sitio curioso por visitar, el museo no está mal y, si te apetece pasar un riguroso sistema de seguridad con detector de metales y obligación de dejar todo tipo de bolsa en consigna, puedes acceder a algunas de las cámaras donde grandes mandatarios discuten cuestiones internacionales y cada butaca tiene un letrero con el nombre del país del cual proceden (cosa que también es de película).
Vuelta al metro, esta vez para visitar más bien de paso la Grand Terminal, una de las estaciones de tren y bus más grandes del mundo. Estadísitica aparte, es un sitio bonito, enorme y con mucho interés turístico aunque poco cultura. Tras demorarme poco en la estación volví a coger el metro para dirigirme aún más al sur, a Wall Street.
Wall Street es el símbolo más vívido del capitalismo mundial, ya que en esta calle confluyen el Federal Hall, donde se firman tratados internacionales, y el Stock Exchange, más conocido como “La Bolsa de New York”. Dado la importancia de estos lugares para la economía mundial y su diaria actividad comercial, ambos están cerrados para el público y sólo su fachada es accesible para el turista. Una pena, ya que me hacía bastante ilusión ver a gente gritando en frente de las pantallas “Compra!, Vende!”. Al sur de Wall Street se encuentra el Charging Bull, o “El Toro de Wall St.”, otro símbolo del capitalismo que consiste en una estatua de un toro enorme, de más de tres toneladas, que originalmente fue emplazado en medio de la calle de forma ilegal. Tras infructíferos esfuerzos de la policía para quitarlo de la calle, la gente aprendió a amarlo hasta convertirse en una atracción turísitica que sigue alli hoy en día. De todo lo visto en New York, me pareció totalmente irrisoria la cantidad de gente que había para sacarse una foto con el toro, tanta o más como para subir al Empire State. Está también cerca la catedral de Trinity Church, que aunque históricamente importante, no deja de ser normalilla.
Wall Street está relativamente cerca de lo que se conoce como la “Zona Cero“, lugar en el que hasta el año 2001, antes de su destrucción en el mayor atentado terrorista de la historia, se encontraban las “Torres Gemelas” o World Trade Center. En su lugar, ahora sólo existe un vacío kilométrico en el que, a pesar de haber pasado seis años desde el incidente, aun están en obras y se respira una tristeza estremecedora, que hace que alguno de los turistas tenga los ojos brillosos o un semblante nostálgico. Desde luego, no es lo mismo que verlo en televisión; estando allí parece que todo lo ocurrido en ese lugar es muy reciente, se nota una grandísima pérdida. Recomiendo ir a la Zona Cero, aunque no sea una atracción agradable. Acostumbrado a ver New York mediante otros medios, las Torres Gemelas se echan muchísimo de menos en la ciudad, sobre todo en el skyline; se nota un gran vacío, la ausencia de algo que ya no está y la consecuente pérdida de miles de personas cuando te encuentras allí “in situ” es estremecedora.
Ya entrada la tarde noche, volví a hacer uso del metro para dirigirme al norte, esta vez al Empire State Building, el rascacielo más alto de New York. En lo alto del edificio, se ofrece un observatorio público (16$), visita totalmente obligada. Desafortunadamente, las colas son increíblemente intensas. En mi caso estuve más de dos horas esperando para subir, por lo que es recomendable ir con antelación para estar arriba a la hora deseada. Cuando llegué a lo alto de la torre, tuve la suerte de poder ver el atardecer sobre Manhattan, y tomar fotos tanto de día como de noche. Las vistas son realmente espectaculares, es facil quedar sin palabras al verlas por primera vez y si el día está despejado, el atardecer es realmente increíble. Es imperdonable visitar New York y no subir al Empire State: no tiene precio ver toda la iluminación y artificiosidad de la gran manzana desde esta posición privilegiada; personalmente, ha sido lo mejor del viaje, y tanto me gustó que estuve tres horas en lo alto del edificio sacando fotos o simplemente admirando lo mastodonte que es la ciudad. Es curioso que lo único que se oye son las sirenas y los pitidos de los coches, sonidos omnipresentes en las calles neoyorkinas. Simplemente im-presionante.
Con la egoísta idea de poder tener más Times Square para mi solo volví al lugar a la una de la madrugada esperando encontrarme con menos gente y más espacio para sacar fotos a mi aire. Pero no, aún a la una (y a las dos, y a las tres) me volvi a encontrar con miles de personas y el mismo ambiente que en la hora punta. Me encontraba totalmente escéptico, no entendía de donde podía salir tanta gente ni que hacían allí a esas horas. También es de destacar que Times Square es uno de esos sitios a los que merece la pena ir tanto de día como de noche, ya que cambian de personalidad y son geniales en ambas mitades del día. Fustrado y sin entender la fuente de tanta frenética, apocalíptica y caótica actividad, decidí que ya eran horas de irme a dormir al…
Jazz in the City Hostel. A pesar de tener que dormir con otras 11 personas que no había visto antes en mi vida, no tuve problema ninguno durante mi estancia en el hostel. Era la primera vez que me hospedaba no en un hotel o en una casa, y la experiencia fue totalmente positiva. En la planta de arriba había una terraza donde estaba todo el mundo tomando algo de beber, ordenadores con internet y teléfonos para hacer llamadas internacionales. Sin lugar a duda, si no te importa dormir con más gente en la misma habitación, tener un baño público para compartir tus necesidades y no tener minibar en pro de ahorrarte más que unos cuantos dólares, duerme en un hostel, sin fallo.
Y desde el momento que me tiré en la cama, no recuerdo nada más.

August 14th, 2007 at 12:43
Que pasada…Sin palabras!
Esperamos ansiosos el día 14!
August 14th, 2007 at 21:26
Lo de las calles es realmente cómodo, ya que sabiendo en que calle estas puedes saber cuales son las calles de alrededor, en cambio si estas en la Rua Doutor Teixeiro no te aclara nada, odio las millas, las libras, las onzas, etc, etc, pero el sistema de digamos enumerar las calles me parece magnifico, pero de todas formas no todas las calles suelen ser enumeradas y algunas si que tienen nombre de gente, de ciudades o países por ejemplo. Me alegro de que te hayas podido acercar a NYC, ya que era una buena oportunidad para hacerlo. Venga sigue pasandolo bien.