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Sábado. Me levanto, tomo el desayuno solo, bajo las maletas a la cocina, me visto, me aseguro de que no me olvido nada y queda todo listo hasta el último detalle, y espero a que la gente se vaya levantando para despedirme de ella antes de que llegase el taxi. A eso de las 11 de la mañana, ya me había despedido de Ronnie, Toshi y Bill, que eran los que estaban en casa en aquel momento (ya me había despedido de Britta y Akiko en la escuela el día anterior), y el taxi me estaba esperando al exterior de la casa. El trayecto al aeropuerto, de 30 minutos, fue agradable gracias a la conversación de coches Cadillac que tuve con el taxista, Sheldon.

Ya en el aeropuerto, había facturado y recogido la tarjeta de embarque a eso de las 12 de la mañana. A las 12:30, a hora y media de embarcar, ya estaba esperando en la puerta correspondiente para embarcar rumbo a New York, JFK a las 14:35.

Y entonces, shit happened (N.d.T: y la mierda ocurrió). Resultó que el avión que nos debería de llevar a New York tenía un motor roto, por lo que teníamos que esperar a que llegase otro de JFK para utilizarlo otra vez de ida. Los monitores marcaban de aquella un retraso hasta las 16 horas, hora en la cual, llegado el momento, se nos dio la noticia de que en JFK se había formado una cantidad considerable de niebla que imposibilitaba el aterrizaje de cualquier aeronave en el aeropuerto. De hecho, nos juraron que aquellos aviones que deberían de estar aterrizando en New York en esos momentos se encontraban dando vueltas en el aire como si fuesen buitres en busca de carroña. Un refresco de los monitores notificaba que el nuevo horario estimado para la salida de mi vuelo se reconfiguraba a las 18 horas. Una hora más tarde, el vuelo se suponía en salir a las 19, y en tan solo 15 minutos más, a las 21. Cae de cajón que de cumplirse esto, había perdido todas mis conexiones para llegar a mi destino final, SCQ (Santiago de Compostela). Esa fue la razón por la cual me dirigí al mostrador de la puerta a preguntar posibles soluciones, a lo cual me respondieron que todo estaba lleno en las próximasa 48 horas, y dado que la naturaleza del problema era meteorológica y no mecánica, no se nos ofrecería ningún tipo de hospedaje o comida. JFK estaba lleno, Heathrow estaba lleno, pero se me ocurrió, no sé como, preguntar si había algún vuelo a París y desde allí a Madrid y de éste último a Santiago de Compostela. Suerte la mía, había un vuelo de destino París a las 19:45. Yo, junto a un Madrileño (Israel) que conocí en el mostrador, cambiamos nuestras tarjetas de embarque y maletas al vuelo de París, que tenía sitio gracias a no sé qué. Entonces sí, y más que nunca, Siempre nos quedará París.

El vuelo a París, supuesto de salir a las 19:45, no despegó hasta las 21:30. Miles de injurias y maldiciones salían de la boca de Israel hasta que finalmente se quedó dormido. En Francia, también nos marearon lo suyo, hasta que llegamos casi justos a la puerta de embarque y llegamos a Madrid en un vuelo de 2 horas. En Madrid me despedía de Israel, y acto seguido me dirigí a comer un bocadillo de tortilla de patatas (primera aproximación a comida real) y después a la puerta de embarque destino a Santiago de Compostela, a donde llegué en un vuelo de apenas 50 minutos.

En Santiago la pesadilla aún no había terminado. Con todo el cambio de vuelos, tarjetas de embarque y conexiones tan justas por medio mundo, yo había llegado a Compostela pero mis maletas no lo habían hecho. Por suerte, un par de horas después de mi llegada, llegó mi maleta salva y sana (aunque un poco sucia y grasienta) con todos mis bártulos en su interior. La suerte me sonreía por segunda vez en el día.